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*Un gran tabú entorno a la muerte, *El miedo ante la muerte es fruto de la ignorancia, *Experiencias cercanas a la muerte, *La muerte y los moribundos, *El duelo y el consuelo, *Los recuerdos de vidas pasadas, La mayor contribución que ha recibido

*La muerte y los moribundos

Ante todas estas evidencias, parece paradójico que en Occidente sigamos temiendo a la muerte y no sepamos cómo responder ante la súbita o tal vez esperada pérdida de un ser querido, sumergiéndonos muy a menudo en un mar de angustia y dolor e incluso entrando en profundos estados depresivos.

Pero, el intentar ignorarla y el vivir de espaldas a la muerte, nos dificulta el enfrentarla de forma lúcida y positiva, pero, sobre todo, nos impide vivir el acompañamiento de los enfermos terminales o de las personas moribundas, de forma que se puedan llevar a cabo aspectos tan trascendentales como despedirse de los seres queridos, reconciliarse con las personas con las que existían conflictos de relación o poner orden en la vida que se está a punto de abandonar.

En este sentido, hay que alabar el valiente trabajo llevado a cabo por la insigne psiquiatra de origen suizo Elisabeth Kübler

Ross, la cual, tras cientos de entrevistas con personas en fase terminal, publicó el magnífico libro "Sobre la muerte y los moribundos", donde se detallan las sucesivas etapas que vive una persona cuando se entera de que está próximo su fin. Etapas que empiezan por la negación de los hechos ¡No es posible que esto me suceda a mí!, para desencadenar posteriormente -ante la evidencia de lo inevitable- una actitud de rabia, que por desgracia tienden a descargar sobre cuantos les rodean, pasando luego a otra fase, la de pacto, en donde se escuchan expresiones tan clásicas como: "Señor, déjame vivir hasta que vea nacer a mi nieto" o "permíteme vivir mis ultimas Navidades".

A partir de ahí se suele entrar en una fase de depresión, tras la cual, si todas estas fases han podido ser vividas intensa y correctamente, la persona termina aceptando su realidad y empieza a sentirse preparada para abandonar este mundo, en paz y de forma no traumática.

En todo este proceso, la sinceridad y el estar junto al moribundo, escuchándole o simplemente reconfortándole con nuestra presencia, son las mejores herramientas de que disponemos, unidas a las del afecto, la comprensión y el sincero amor, y teniendo muy presente que, en todo momento, la esperanza es lo último que debe perderse.

*El duelo y el consuelo

La profunda pena, el dolor en el alma e incluso ciertos estados de confusión y depresión son inherentes a la irremediable pérdida de un ser querido. Tales estados psíquicos y anímicos deberán, con el transcurso del tiempo al igual que lo que sucede con las fases descritas al hablar sobre los enfermos terminales, dejar paso a una aceptación de los hechos y conducir a una nueva etapa, en la que la persona que ha perdido al ser querido recupera poco a poco el ánimo y la alegría de vivir, y es capaz de llevar una vida plena, con el recuerdo del ser que partió, pero sin la angustia, la tristeza o la desolación por un acontecimiento que no era deseado.

Por desgracia, son muchas las personas que quedan atrapadas en la pena y la desesperación y viven en el constante recuerdo y el dolor que les ha supuesto la pérdida del ser querido. Lo más terrible de tan negativa situación, es que las palabras de consuelo o los consejos de familiares y seres cercanos, no suelen servir de mucho y no parecen ayudar a salir del oscuro pozo de dolor en que les ha sumergido la pérdida.

Por suerte para todas estas personas sumidas en el dolor del duelo, en los últimos años se han ido creando asociaciones y grupos de apoyo, formados por personas que han pasado por tan dramáticas experiencias. El hecho de poder hablar y compartir con personas que viven o han vivido el mismo dolor ante la pérdida del ser querido, es la mejor ayuda y la terapia más eficaz para recuperar las ganas de vivir y darse cuenta de que la vida prosigue y hay muchas otras personas a nuestro alrededor a las que podemos ofrecer o que pueden darnos el amor que, al parecer, compartíamos muy exclusivamente con el ser que partió.

En este punto, las experiencias de quienes han estado clínicamente muertos y han vuelto, así como las frecuentes y extrañas comunicaciones, sueños o visiones, en las que el ser que nos abandonó intenta transmitir un mensaje de tranquilidad y nos hace saber que está bien y que desea que estemos bien, son de gran ayuda y consuelo.

 

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