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El espíritu del niño muerto, Lo desconocido, El susto de mi vida, ¿Con quién duermen?, La dama de negro

LA DAMA DE NEGRO

-Bien -me di cuenta de que en la mesa de la sala habían dos tazones llenos de café con leche y, hambriento, sonreí.
-¿Sigue interesado en saber algo acerca de nuestra misteriosa visitante nocturna? -Se sentó a la mesa, y tomó uno de las tazas.
Yo, le imité, mientras asentía con la cabeza.
-En primer lugar, debería saber que no es buena idea que usted sepa nada acerca de…, eso. Di un sorbo al líquido caliente, y dediqué a Bakerson una mirada cargada de impaciencia.
-¿Va a contarme algo, o no?
-De acuerdo -se encogió de hombros, y me la misma extraña y enigmática mirada de la noche anterior.
-Le escucho, hable. Esto es lo que me contó mi extraño acompañante: “Hace cosa de cuatro años, llegó a la aldea un tipo joven, un buhonero, con la intención de quedarse a vivir en el pueblo. Durante varias semanas, el joven, llevó una vida de lo más normal y pacífica, continuando con su labor de vendedor ambulante hasta que, por azares del Destino y, para desgracia de ambos, pues quedaba por completo fuera de sus posibilidades, se enamoró de esa joven que viéramos anoche rondando la cabaña. A pesar de todo, entre los dos jóvenes, triunfó el Amor y, cada noche, subían hasta aquí para hablar con el viejo Beresford, o para dar rienda suelta a sus impulsos amorosos.
El viejo, llevado por un extraño impulso romántico, mantuvo en secreto la relación de la pareja, pues sabía que la familia de la joven nunca permitiría la relación de los dos enamorados. Por desgracia, alguien, seguramente algún joven celoso, descubrió los escarceos amorosos de la pareja, y puso sobre aviso a los hermanos de la muchacha; dos energúmenos con menos seso que un mosquito, aunque siempre dispuestos a propinar una buena paliza a todo aquel que les llevara la contraria. Una noche, amparados en la oscuridad, estos dos individuos, tomaron al joven buhonero a traición y, tras propinarle una brutal paliza, que le costó la vida, lo quemaron en el interior de un viejo coche abandonado. No hubo testigos. Nadie dijo ni hizo nada por acusar a los asesinos. No se atrevían. Tal era el miedo que les tenían a estos dos hermanos. Sólo dos personas lloraron la muerte del joven: El viejo Beresford y su joven amada, la cual, presa de la pena y la desesperación, huyó de su casa, subió hasta aquí, y se ahorcó de uno de los árboles que rodean la cabaña”. Llegado este punto, Bakerson, volvió a callar, se levantó de la mesa, y caminó hacia una de las ventanas.
-En aquel manzano de allí -me señaló con un leve movimiento de cabeza hacia uno de los cuatro manzanos que mi difunto pariente plantase años atrás, cuando yo era un crío-. Aquél fue el lugar escogido por la joven para cometer el suicidio.
-Pero… ¿Qué tiene que ver el fantasma de esa joven con la herencia del viejo?
-De momento, es todo lo que pienso contarle -me dedicó aquella sonrisa suya tan exasperante, y quedó mudo.
Me limité a encogerme de hombros, con gesto de resignación.
Después, tras recoger los cacharros del desayuno, decidimos bajar al pueblo, en busca de víveres.
A medio camino entre la cabaña y la aldea, y aprovechando que en ese momento cruzaba la carretera un rebaño de ovejas, decidí atacar de nuevo con otra pregunta:
-¿Qué ocurrió con los asesinos del chico?
Mi compañero, pillado por sorpresa, me miró fijamente y respondió:
-Bueno, la verdad no se sabe cierta. Algunos dicen que, arrepentidos por la muerte del joven y de su hermana, cometieron suicidio; otros que fueron asesinados. Lo único cierto es que fallecieron de forma harto misteriosa, pues desaparecieron una semana después de cometer el horrible crimen, y que un vecino del lugar los encontró muertos en el fondo de un barranco.
Una vez en la villa, y hechas las compras necesarias, entramos en la taberna, y pedimos un par de botellines de cerveza.
No llevábamos ni cinco minutos, cuando noté como una mano se posaba sobre mi hombro derecho.
-Veo que no siguió mi consejo.
-¿Eh? -Giré la cabeza, encontrándome de cara con el mismo tipo que me advirtiese acerca de la cabaña el día anterior, a mi llegada al lugar, me limité a saludarle con un ligero cabeceo.
Tras apurar las cervezas y sin más incidentes, pagamos y volvimos a la casa de la montaña.
Al mediodía, mientras comíamos con la mesa arrimada a la chimenea, mi compañero me dijo algo:
-De acuerdo, Beresford, vamos a dejarnos de rodeos.
-¿Qué? -Le miré sorprendido-. ¿De qué está hablando?
-No soy tonto, amigo Thomas -Robert clavó en mí sus ojos oscuros-. Sé que está aquí por el asunto del “tesoro”… Que la cabaña le importa una mierda; al igual que ese viejo tacaño.
Yo, realmente sorprendido, me limité a boquear como un pez que, fuera del agua, busca el oxígeno para seguir viviendo.
-¿De qué diablos está hablando? -Me levanté de la silla-. ¿Un tesoro aquí, en la cabaña de mi tío abuelo? ¡No me haga reír, por favor!
Ahora le tocaba a mi compañero abrir y cerrar la boca.
-¡Habla en serio! -Se alzó de la silla, y caminó hacia donde yo me encontraba-. ¡No sabe nada acerca de la fortuna escondida del viejo!
De repente, de algún modo, comprendí…
-Usted no es el abogado de mi abuelo.
-No -Bakerson, sonrió-. Pero eso es algo de lo que no debe enterarse nadie.
-¿Quién es usted?
-Digamos que, alguien inteligente -Bakerson seguía sonriendo-. Usted elige, amigo Beresford. Unirse a mí o…

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