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El espíritu del niño muerto, Lo desconocido, El susto de mi vida, ¿Con quién duermen?, La dama de negro

LA DAMA DE NEGRO

Lo dejé tomando sus notas, y me senté a ver la tele.
-Debería hablar con la compañía eléctrica -me gritó mi compañero desde la cocina-. Mr. Beresford…, poco antes de su muerte, tuvo unas desavenencias con ellos, y le cortaron el suministro de luz.
-Vaya -dejé el mando sobre el brazo del sillón, y me alcé del mismo-, tanto lujo, para nada.
-Su tío abuelo, tenía fama de tacaño -Bakerson salió de la cocina, llevaba en las manos dos bocadillos. Me ofreció uno, al tiempo que me explicaba-. La nevera funciona con gas.
Mientras daba el primer bocado al bocadillo, me pregunté de qué más cosas tendría fama mi antepasado, por qué aquel lugar tenía tan mala fama entre los habitantes de la aldea.
La respuesta, no tardaría en llegar. Aquella misma noche.
Serían alrededor de las nueve y media de la noche, cuando mi acompañante, se alzó de la silla, y se dirigió a una de las tres alcobas de la cabaña.
-Me voy a dormir, estoy cansado -por suerte para los dos, el viejo, tenía gran cantidad de velas y un par de lámparas de petróleo, así como una docena de latas de combustible para la chimenea, y una buena provisión de troncos, y Bakerson, haciendo uso de una de las velas, pudo llegar a la cama, sin contratiempos-. Buenas noches, amigo Beresford.
Yo, por mi parte, preferí quedarme un rato más despierto, mirando, como hipnotizado, el baile de las llamas en la chimenea.
Sin embargo, no habían pasado ni veinte minutos, cuando, mi compañero, se alzo, y salió del dormitorio.
-No sé qué me pasa -me dijo, mientras se rascaba la barbilla-; no logro conciliar el sueño.
-¿Le apetece una partida de póquer? -Le pregunte, recordando que, en el cajón de uno de los muebles de la casa, había visto una vieja baraja.
-Le advierto que sé jugar muy bien.
-¿A cincuenta centavos la apuesta? -Saqué los naipes, y los arrojé sobre la mesa de la sala.
Bakerson, me dedicó una sonrisa.
¡Debí de hacerle caso!
Media hora después, con cerca de ochenta dólares menos en la cartera, y con la moral por suelos, me alcé de la silla, y me disculpé por ser tan mal perdedor.
Bakerson, me sonrió comprensivo, y empezó a recoger los naipes.
De repente, una súbita bajada de temperatura, nos hizo tiritar y, me di cuenta que, el fuego de la chimenea, se había casi extinguido, y no quedaban troncos para avivarlo.
-Creo que deberíamos ir a por algo más de leña -me dirigí a la puerta de la cabaña, dispuesto a salir, cuando…
-Espere, amigo Beresford -Robert, se levantó de su asiento, y me puso una mano sobre el hombro.
-¿Pasa algo?
-¿Es usted supersticioso?
-¿Qué quiere decir? -Dediqué a mi compañero una intensa mirada.
-¿Cree usted en los fantasmas?
-¿De qué demonios está hablando?
Robert, se limitó a permanecer en silencio.
El frío, en el interior de la casa, se hizo más intenso. Demasiado intenso.
-¡Mire! -La voz de Bakerson, me hizo dar un respingo hacia a tras-. ¡La ventana, mire la ventana!
Lentamente, giré la cabeza, en dirección al lugar donde él me indicaba. Al instante, noté como una extraña sensación de bienestar me embargaba.
Afuera, a pesar de que soplaba una fuerte y helada brisa, alguien, caminaba hacia la cabaña de mi tío abuelo Beresford. Era un joven bellísima.
-¿Quién puede ser a estas horas, y con este tiempo? -No podía apartar la mirada de tan encantadora figura.
No aparentaba más de veinte años.
Era alta y esbelta. De rostro angelical. Con unos ojos oscuros y tristes.
Sus negrísimos y largos cabellos, caían, como una hermosa cascada de ébano, sobre sus pálidos y desnudos hombros.
Vestía un sencillo traje negro, de terciopelo, y cubría sus manos con guantes de tela.
De repente, su bella y triste mirada, se dirigió hacia la cabaña. Hacia la ventana donde me encontraba. Y, la sangre, se me volvió hielo en las venas.
-Es un fantasma -la voz de mi compañero me llegó lejana, como si, en vez de encontrarse a mi lado, estuviese a decenas de metros-. Sólo sé eso, y que ronda esta zona cada noche, desde hace años -tras estas palabras, Bakerson, enmudeció.
Volví a mirar por la ventana, mas la misteriosa dama había desaparecido.
Con gesto de clara decepción, me senté junto a Robert.
-¿Quiere explicarme todo eso del fantasma?
-Oh, no hay nada que explicar, amigo Beresford -el hombre, me dirigió una enigmática mirada, y una no menos misteriosa sonrisa y, sin añadir una sola palabra más, se levantó de su asiento.
Yo, por mi parte, me encontraba demasiado agotado para seguir pidiendo explicaciones, y decidí retirarme a dormir a mi dormitorio.
Al amanecer, los sucesos de la noche, seguían en mi mente, como grabados a fuego.
Me levanté de la cama, y me vestí.
Bakerson me esperaba en el saloncito, cerca de la chimenea de ladrillo, en la cual ardían un par de buenos troncos. En el rostro de mi compañero bailaba la misma extraña sonrisa de la madrugada anterior.
-Buenos días, ¿qué tal ha dormido?

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