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El espíritu del niño muerto, Lo desconocido, El susto de mi vida, ¿Con quién duermen?, La dama de negro

LA DAMA DE NEGRO

-Digamos que, alguien inteligente -Bakerson seguía sonriendo-. Usted elige, amigo Beresford. Unirse a mí o…
-¿Dónde está el abogado del anciano? -Aquella pregunta ya tenía respuesta en mi mente… Y en la sonrisa de Robert Bakerson.
-Digamos que, se negó a compartir -mi compañero, sacó un cigarro, y se lo llevó a la boca-; ¿qué va a hacer usted?
Apreté los puños.
-Son más de cien mil dólares, una bonita cantidad a repartir.
-¿Acaso sabe usted dónde están escondidos?
-No, por eso le necesito a usted, amigo Beresford.
-¿A mí?
-Sí. Antes de morir, el albacea del viejo, me dijo que buscara al único heredero del anciano. Supongo que el ver a su esposa y a su hijo abiertos en canal le ayudó a recordar.
Me estremecí.
-No sé de qué está hablando -repliqué.
-Yo sí -entonces y para mi sorpresa, Bakerson, sacó de su bolsillo una hoja de papel, que reconocí como el testamento de mi tío abuelo.
-¿De dónde ha sacado eso?
-Esta mañana, antes de que se levantase, rebusqué sus bolsillos -Bakerson, se acercó a la mesa y extendió el papel sobre la misma.
-¿Tuvo usted algo que ver con la muerte de mi abuelo? -Tenía que hacerle aquella pregunta, no sé por qué, pero era mi deber.
-No, nunca tuve que ver nada con el viejo.
Y, como si aquello lo convirtiese en la persona más bondadosa de la Tierra, me incliné a su lado, sobre el folio extendido.
-¿Ve estos cuatro puntos?
-Sí -me fijé en las marcas a las que se refería Bakerson-. ¿Qué representan?
-Los cuatro manzanos -alzó la mirada del papel-. Esos de ahí fuera.
Me limité a mirar hacia la ventana.
-Su abuelo escondió su fortuna bajo uno de ellos. Sólo hay que buscar.
-¿De cuál de ellos?
-¡Sólo son cuatro! -Me replicó Bakerson-. ¡Sólo cuatro jodidos manzanos!
Suspiré.
Afuera, comenzaba a anochecer y, el recuerdo de la visita de la noche anterior,
acudió a mi mente.
-¿Pasa algo?
-No, nada -mentí.
-¿El fantasma? -Pude notar cierto tono de burla en la voz de mi compañero. De nuevo sentí un escalofrío. Aquel tipo había matado a tres personas por conseguir un pedazo de papel-. ¿Qué puede hacernos?
-No va detenerse ante nada, ¿verdad?
-Veo que al fin comprende -me volvió a dedicar una sonrisa.
Y así, un par de horas más tarde, nos hallábamos fuera de la cabaña, llevando un pico yo, y una pala mi compañero. Los habíamos cogido del cobertizo de mi tío abuelo. No creo que le importase lo más mínimo. Ya no.
-De acuerdo, ¿por dónde empezamos?
-Usted por aquél, yo por aquél -Bakerson, dicho esto, comenzó a cavar con furia, como si le fuera la vida en ello.
Llevábamos una media hora de intensa faena, cuando, bajo mi pala, sonó algo metálico.
-¡Aquí hay algo! -Salté al interior de la fosa, y empecé a escarbar con las manos, hasta desenterrar una caja metálica de pequeño tamaño, aunque bastante pesada.
En ese momento, mis ojos se alzaron hacia una de las ramas más altas del árbol. Y, el cofrecillo metálico, resbaló de entre mis manos.
-¿Ocurre algo?
-Fue en este manzano -logré articular en un débil hilo de voz.
-¿Qué pasa con el manzano? -Bakerson, tomó la caja del suelo, y miró el árbol.
-La chica, se ahorcó en aquella rama -señalé el trozo de soga, que aún se mecía movido por el viento, y añadí-: Quizás deberíamos dejar eso de nuevo donde estaba…
-De eso ni hablar -Robert Bakerson, apretó la caja contra su pecho, y entró en la cabaña.
De repente, y esto es algo que mantendré hasta el día de mi muerte, el aire a mi alrededor, comenzó a aullar, lo mismo que un animal salvaje herido y, sin pensarlo dos veces, corrí a refugiarme en la cabaña.
Bakerson, me dedicó otra de sus odiosas sonrisas, y me pidió que me sentase. Había puesto la caja sobre la mesa, y se afanaba en abrirla con una pequeña palanca y un martillo.
-Al cincuenta por ciento, recuerde.
-Todo esto, me da muy mala espina -me quedé de pie, viendo como intentaba abrir la caja metálica-. Sigo pensando que deberíamos dejarla donde estaba.
Finalmente, la palanca, hizo su trabajo, y la tapa del cofrecillo saltó con un sonoro chasquido, dejando a la vista su contenido. Varios fajos de billetes de diez dólares, y una carta, escrita a mano. Reconocí, al momento, la letra de mi tío abuelo y, raudo, la cogí.
-Quédese con la carta, si lo desea -Bakerson, comenzó a sacar el dinero, y a contarlo-, yo tengo lo que he venido a buscar.

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